martes, 19 de abril de 2016

LA EDUCACIÓN TEOLÓGICA Y EL SACERDOCIO UNIVERSAL DE LOS CRISTIANOS


Por, Mag. Israel Osorio





Una de las doctrinas de origen neo-testamentario recuperada por Lutero y formulada clásicamente por él, es la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes.

El Nuevo Testamento describe a la iglesia como real sacerdocio, pueblo adquirido por Dios, para anunciar las virtudes de Aquél que los ha llamado de las tinieblas a su luz (1 Ped. 2:9; Ap 1:6; 5:10)

Ya en la exégesis patrística algunos padres de la iglesia hablaron de los cristianos como de una raza sumo sacerdotal que presentaba sacrificios para Dios.

El hecho es, que si todos los creyentes son sacerdotes, entonces la educación teológica no puede limitarse a una élite clerical a la cual le es encomendada la tarea de pensar por los demás. Todos los miembros de la iglesia necesitan aprender a pensar teológicamente, todos precisan de herramientas para construir puentes entre el mundo de la Biblia y el mundo contemporáneo, y todos requieren ayuda para articular su fe. La fe cristiana no es sólo algo que se siente sino también algo que se piensa y se reflexiona. Debemos aprender a usar el pensamiento constructivo y ponerlo al servicio de la fe.

La tarea teológica pertenece a la totalidad del pueblo de Dios. En términos prácticos esto quiere decir que el lugar más apropiado para la educación teológica es la iglesia local. El seminario cumple su rol en la formación de pastores y maestros de las iglesias. Los egresados del seminario deben dedicarse a “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio” (Ef 4:12) es decir, a equipar a los creyentes para el servicio.

Un seminario es un semillero, un lugar de siembra para promover la educación de la iglesia en la fe cristiana, y la fe cristiana no es otra cosa que el evangelio de Jesucristo. Para ello necesitamos enseñar las Escrituras y estudiar la vida, misión y pensamiento de la iglesia en la historia, y señalar directrices para la práctica de la fe, sirviendo a Dios y a la humanidad en las situaciones concretas de la vida diaria.

La educación teológica, es pues, el proceso por medio del cual la iglesia es formada en la fe, para articularla en hechos y palabras con integridad bíblica, teológica y ética.

Sin instituciones teológicas se limita la posibilidad de que la iglesia cuente con líderes suficientemente preparados para enseñar la fe y se reduce el potencial de miembros capaces de vivirla y transmitirla.

Desde esta perspectiva, la iglesia es un ministerio docente y la educación teológica es una forma especializada, pero no elitista de ese ministerio. La tarea de la iglesia es enseñar, hacer discípulos, no de hombres sino de Jesucristo. Enseñar la fe es hacer lo que Jesucristo hizo con sus discípulos: enseñarlos a seguir en pos de él ayudándolos a escuchar y entender su Palabra. A este mismo quehacer es llamada la iglesia, ella es enviada a discipular a los pueblos, a enseñarles a guardar todo lo que Cristo ordena en su Palabra. La iglesia tiene la necesidad de complementar su ministerio evangelizador con el educativo, así como Jesús complementaba su predicación con la enseñanza y la sanidad.

Jesús no solamente informaba sino que formaba y transformaba. Así, el ministerio docente de la iglesia debe encontrar su contraparte en el ministerio docente de Jesús; debe informar la mente y el pensamiento capacitándolos para articular la fe contextualmente y llevarlos a un mayor compromiso con el evangelio. También deben formar el carácter y las habilidades para ponerlos al servicio del reino. Pero también debe transformar los valores, las personas y las comunidades.

Debemos aprender de Jesús, él consideraba al pueblo como sujeto teológico porque el pueblo también es hacedor de teología. Debemos aprender a leer la Biblia no sólo con las herramientas de la erudición sino también a través de los ojos del pueblo, de los marginados y menos favorecidos. Muchas veces debemos aprender a romper el monopolio de los eruditos en la interpretación de la fe y aceptar el hecho de que su capacidad para sistematizar las doctrinas no es de por sí garantía de fidelidad al evangelio. Con esto no se pretende reducir el valor de la erudición o dejar de lado el patrimonio teológico de la iglesia, tampoco minimizar la importancia de la educación teológica académica, pues no haríamos bien en tirar por la borda ese tesoro de doctrina y ese legado que nos enriquece y nos vincula a nuestras raíces históricas y teológicas. No es posible ser evangélicos cultos a parte de un estudio siquiera general de las cuestiones históricas y teológicas que pertenecen a la iglesia. Pero lo que sí queremos enfatizar es que toda la erudición y la academia deben ser puestas en sintonía con el pueblo y sus contextos.

Para esta tarea la iglesia necesita líderes consagrados y preparados, hombres y mujeres capacitados para la enseñanza. Este liderazgo docente de la iglesia tiene diversas expresiones. Por una parte, todo el ministerio “ordenado” de la iglesia tiene una función docente. Es un don que el Espíritu Santo da a la iglesia para capacitarla en la misión. Todos aquellos que han sentido el llamado de Dios para el ministerio pastoral tienen la gran responsabilidad de preparar a la iglesia para dar testimonio del reino de Dios en las situaciones concretas del diario vivir.

Por otra parte, están aquellos que son llamados a ejercer el magisterio en nombre de la iglesia para la formación de sus ministros, las epístolas los llaman doctores, desempeñan una función parecida a los rabinos en la época de Jesucristo. En la tradición cristiana se les conoce como “teólogos” o “profesores”.

No podemos dejar de lado, sin embargo, a aquellos miembros del pueblo de Dios que no siendo ni pastores ni doctores, tienen el don de la enseñanza y contribuyen al ministerio docente de la iglesia como laicos. Tales personas hacen posible que la educación teológica alcance a todo el pueblo de Dios. Son como mediadores teológicos, por estar inmersos en las mismas faenas cotidianas de la feligresía. Este liderato docente laico, hace que la teología “aterrice” en las luchas y pruebas del diario vivir.

Por esto se necesitan programas de reflexión teológica para laicos, ellos necesitan capacitarse pues son ellos quienes dirigen diversas actividades en la iglesia local. Muchos de ellos se desempeñan en la docencia cristiana que busca formar discípulos de Cristo, tarea que requiere una reflexión crítica y espiritual que interprete y articule la fe con claridad y precisión en sus respectivos contextos en donde les corresponde desempeñarse como testigos del reino de Dios. En muchas iglesias funciona lo que se llama el “equipo pastoral”, formado a veces solamente por “laicos” que funcionan como pastores sin que ninguno de ellos reciba oficialmente la preeminencia. Este modelo no es nuevo, como lo atestiguan los hermanos de las Asambleas de los Hermanos Libres y otros grupos, y que se está implementando en las iglesias que estaban acostumbradas a tener un solo pastor, de tal modo que el número de laicos que participan en las distintas actividades de carácter docente en las iglesias, se está incrementando cada día más; esto conlleva la urgente necesidad de programas de entrenamiento teológico para laicos.

Uno de los grandes teólogos luteranos del siglo XIX Martin Kaehler dice que la misión de la iglesia es la madre de la teología. La misión da nacimiento a la teología en la medida en que produce una comunidad misionera. No hay iglesia sin misión y no puede haber verdadera teología cristiana sin iglesia, porque la teología es una actividad reflexiva de la iglesia que trata de entender el misterio de la fe para descubrir sus implicaciones para la vida de los creyentes y hacer visible su misión en el mundo.

Más que formar meramente trabajadores sociales el ministerio de la iglesia debe estar destinado a formar siervos y siervas de Dios, capaces de comunicar el evangelio al pueblo de manera pertinente. El interés por lo social es de gran valor, se debe crear conciencia en cuanto a la responsabilidad social de los cristianos, pero sin dejar que el entusiasmo por lo social, vaya en detrimento de otras dimensiones del ministerio evangélico, porque de otra manera estaríamos saliendo de un extremo para caer en otro, escapando de una ideología para caer en otra, y continuar ideologizando el evangelio al servicio de una causa política cualquiera que ella sea.

En conclusión, urge un redescubrimiento del sacerdocio de todos los cristianos. El sacerdocio universal de los creyentes es una premisa de la eclesiología bíblica y tiene importantes consecuencias prácticas para la educación teológica. Todo el pueblo de Dios debe recibir y a la vez ser agente de una educación teológica contextualizada que capacite a todos y a cada uno de los seguidores de Cristo, para vivir y articular su fe y participar de una manera adecuada en la extensión del reino de Dios.

Se necesitan teólogos, pero teólogos que dialoguen en estrecho contacto con el pueblo y que articulen el evangelio en el contexto sociocultural en que viven, para que la educación teológica cumpla con su tarea en relación con la misión de la iglesia.

lunes, 11 de abril de 2016

JUSTICIA Y PAZ: UNA HISTORIA DEL CONFLICTO SOCIAL COLOMBIANO


Por: Mag.  Mario Cely Q.


Autoritarismo e individualismo en la conformación socio-política del pueblo colombiano

I. El componente histórico y antropológico-cultural del autoritarismo-individualismo político hasta nuestros días

Desde la expulsión de los españoles, en plena época de la colonia, los que quedaron al mando de la Gran Colombia fueron los llamados “criollos”. Eran de raza blanca y, por encima de todo, educados en España. De igual modo, eran ambiciosos y llenos de un orgullo clasista y burgués bastante particular. Tuvieron desde el comienzo grandes deseos de esquematizar una educación en nuestro territorio para gente blanca, aventajada por viejos abolengos y de estirpe familiar directamente peninsular pero acomodados monetariamente y ricos en tierras y ganado. Y por supuesto, la educación fue solicitada a la Iglesia Católica. A esto contribuyó sin duda la orden de los jesuitas o Compañía de Jesús, que vinieron de España especialmente a sostener el papado y a organizar la sociedad de la Gran Colombia bajo las fuertes imposiciones autoritarias religioso-políticas de la Contrarreforma del siglo XVI. Su estrategia político-religiosa consistió en educar a los ricos y a la clase política dominante del país a fin de formar parte del mismo poder político. Pero los pobres, fueron y continúan siendo la fuerza laboral y el soporte económico de los aventajados; de otro lado, la base del experimento jesuítico. Hasta el día de hoy, ¿cuándo hemos visto que la Pontificia Universidad Javeriana abra sus puertas a las clases más necesitadas de Colombia? La estrategia continúa, igual, incólume.

Al conjunto de los propios hijos de los españoles que habían nacido en estas tierras históricamente se les empezó a denominar “criollos”. Con este sustantivo estirado se aludía a aquella élite que política, económica y militarmente comenzó a gobernar y a disfrutar de las riquezas y economía que producía la mano de obra de campesinos, indígenas y afrodescendientes. En fin, a esta poderosa mano de obra los historiadores y antropólogos denominaron luego “el mestizaje”. Las riquezas y las grandes ganancias de las clases dominantes provenían de la explotación minera, agrícola, ganadera y comercial. A mediados del siglo XIX, un incipiente intercambio comercial comenzó a abrirse con Inglaterra y los Estados Unidos de América. El poder económico e industrial de Inglaterra entre los siglos XVIII y hasta mediados del siglo XX es indisputable históricamente. Pero desde luego, el centralismo político, a manos del gobierno de turno, siempre ha favorecido que los grandes negocios con otras naciones se hagan para unos pocos que se quedan con los grandes capitales. El “criollismo” —hasta hoy—, auspició siempre el viejo signo de la inequidad económica y social. Esta es una de las causas del sufrimiento y atraso de nuestro país donde el rico sigue siendo más rico y el pobre más pobre.

A. Análisis doctrinal e histórico del autoritarismo  

Desde su punto de vista doctrinal el autoritarismo defiende un control estructurado de la sociedad desde “arriba” o desde el “centro”. El triunfo del “centralismo” a manos de Antonio Nariño (1811) propició que hasta hoy este modelo sea el que rige a Colombia. Un modelo que fue inspirado en las tesis de la Revolución Francesa de 1789. Desde la Constitución de Cundinamarca (30 de marzo de 1811), la ciudad capital de Bogotá continúa siendo el centro del accionar político, económico e industrial más importante del país. El reconocido propósito del autoritarismo consiste en ejercer el “control” para mantener la unidad de la nación y las viejas tradiciones íbero-católicas instauradas en estas tierras.

Probablemente y muy diferente hubiera sido la suerte de Colombia frente al autoritarismo centralista de haber triunfado las tesis del General Francisco de Paula Santander, quien propuso el “modelo federalista” para la nación, más aliado de una educación protestante y del protestantismo estadounidense y europeo. Está basado en el modelo de la República Federal. Fue, para decirlo con términos muy generales, anticlerical, patriota, republicano y liberal, de un federalismo muy matizado y pragmático, enemigo de la monarquía y el centralismo, civilista pero amigo de la energía que el ejército podía dar al Estado y partidario de gobiernos con autoridad y fuerza, sujetos a leyes claras y respetuosos de los derechos fundamentales del ciudadano, entre los que daba especial importancia a la libertad de prensa y al debido proceso legal.

Como amigo del protestantismo, vio con buenos ojos que su yerno, el coronel inglés James Fraser, cristiano por convicción y amigo de la Reforma del siglo XVI, solicitara misioneros protestantes al país. El Dr. Henry Barrington Pratt llegó a Bogotá en repuesta a la petición del Coronel Fraser a la junta misionera presbiteriana de Estados Unidos. Inmediatamente empezó a establecer relaciones con el pueblo. Los primeros que asistieron a los cultos tenían un sentimiento contra la Iglesia Romana, pero perdieron interés cuando predicó contra el pecado. Pratt escribió una carta: “Casi todo el mundo dice que confió para su salvación eterna en ritos y ceremonias exteriores. Entre la juventud y los hombres más bien educados no se ve interés alguno por la iglesia”. Pero, recordemos que Diego Thompson, colportor de la Sociedad Bíblica Británica, ya había estado antes en Bogotá hacia el año 1825. Como resultado de esta visita se formó la Sociedad Bíblica Colombiana en ese mismo año.

La Iglesia Católica Romana y el Estado colombiano desde su aparición, y según su modus operandi, fueron moldeados desde sus comienzos por el estilo autoritario o autoritarismo forjado por el Concilio de Trento (1545-1563). Esto fue hecho por medio de su aplicación doctrinal y acción misionera como instrumentos principales de la colonización. Como sabemos, la conquista de Colombia, de América Latina, fue violenta en su esencia. Las diferentes tribus indígenas fueron sometidas de forma ignominiosa al poderío español. De otro lado, la iglesia impuso la fe católica romana a los habitantes recién descubiertos desde la Conquista hasta el año de 1962, época del Concilio Vaticano II y cuando por vez primera el pueblo católico colombiano comenzó a leer la Biblia sin el consabido permiso del obispo.

Debemos ver en tales episodios históricos que todo esto fue una herencia negativa hasta el día de hoy. La alianza entre la Iglesia Católica y el Estado español ya traía en sus venas el autoritarismo. Comentando esta idea, el pastor y profesor Pablo Alberto Deiros declara que “la conquista espiritual fue codo a codo con la conquista material. El conquistador y el misionero cumplieron una función similar para el Estado, dado que para evangelizar era necesario conquistar y para conquistar era necesario evangelizar”.[1] Es en esta unión entre Iglesia Católica y Estado español que se forjan los órdenes socio-culturales de Colombia y demás países latinos. El molde autoritarismo-individualismo fue plasmado en la propia vena de la familia, el gobierno civil, el Estado, la organización de la Iglesia Católica, la educación, las fuerzas militares etc., el cual sería el prototipo cultural y político que regiría el país hasta el presente.

Desde el punto de vista del autoritarismo español y criollo, el ente mediático que garantiza el dominio o el poder sobre el pueblo es la estratificación piramidal o el gobierno jerárquico. Pero también lo es el dominio religioso en la mente y costumbres de las gentes establecidas a lo largo y ancho del territorio colombiano. Tradicionalmente el poder que ostentan las élites se ramifica en lo eminentemente político y económico. Se, supone que cualquier tipo de “oposición” que se haga a la clase político-económica dominante es una especie de “traición”. De ahí que se considere que “los errores o delitos cometidos por el pueblo, por lo general son juzgados no de acuerdo al derecho, y las leyes son amañadas para mantenerse en el poder”. La oposición solamente es tolerada y, en general, es considerada un signo de debilidad o un fracaso en el liderazgo de quienes ostentan el poder.

Ahora bien, al hablar de “cambios” en el liderazgo político usualmente significa un cambio generalmente radical orientado hacia nuevos proyectos y nuevos planes entre los miembros de la misma clase económica y política dominante. Rara vez se continúa sobre lo ya construido; rara vez se lleva a cabo o más arriba el progreso socio-económico sobre la base de lo anterior. Generalmente lo que se busca es demostrar al país que el sucesor es mejor en cuanto a lo que promete. Con frecuencia se trata de una exhibición de orgullo y vana jactancia envuelto en la mentira. Históricamente, una de las peores tragedias de Colombia a nivel político ha sido la imposición del orgullo de un “caudillo” sobre otro, quien se precia de ser “mejor” que el anterior. Hoy tenemos a un Juan Manuel Santos desafiante de su antecesor Álvaro Uribe Vélez. En el pasado —y hasta el día de hoy— las viejas jactancias personales tuvieron la tendencia a producir cambios que fueron sangrientos y despiadados entre la población por el hecho de que en América Latina el populacho, la persona como tal, no siguen programas políticos, ideologías o filosofías, sino a “hombres”, a “caudillos”.[2] Por lo general, un líder político fuerte o caudillo, cuando sube al poder, casi nunca tiene la intención de completar los proyectos comenzados por su predecesor, pues esto sería dar demasiado crédito a un líder destronado. Por lo tanto, todo debía y debe comenzar de nuevo, y de esto modo, todo lo que hizo el anterior régimen era (por lo general es) borrado literalmente. Desde los comienzos de la República, los “caudillos” surgían y aparecían de entre los partidos liberal y conservador como pájaros migratorios sobre los árboles, pero, esencialmente, el sistema feudal y el atraso del pueblo permanecían intactos. Vale decir, los rostros de los políticos cambiaban y cambian, pero el sistema siempre continuaba y continúa siendo el mismo.[3] Vivimos en un sistema cuyo modus vivendi raya en el casi absoluto individualismo, con la tendencia a generar violencia llevar en las venas el autoritarismo, una de las causas de nuestro subdesarrollo.

B. Demasiadas guerras civiles en Colombia

Recordemos aquí que el Estado colombiano nació a comienzos del siglo XIX, luego de la emancipación del dominio español. Es sorprendentemente triste saber que la historia de Colombia durante este mismo siglo se caracterizó por diferentes guerras civiles, dados los intereses egoístas de cada bando de criollos que reemplazaron el dominio español. Comenzó como una república inestable en sus condiciones sociales y económicas. Una guerra cruel fue la “guerra de los Mil Días que se inició el 17 de Octubre de 1899 y perduró hasta 1902 con el tratado de Wisconsin. Debido a que era una frágil paz fue firmada en el buque norteamericano llamado “Wisconsin” frente a las costas de Panamá. Esta fue una guerra entre los integrantes de los partidos liberal y conservador. Fue una guerra tan cruel que trajo demasiado dolor, ruina y muerte entre los colombianos. Si notamos bien, el siglo XIX terminó con esta horrible guerra civil y el XX comenzó con la misma guerra. Los problemas se suscitaban porque los partidos políticos liberal y conservador tenían intereses comunes como el control regional de la nación y de su producción económica. A esto los historiadores le han llamado “la violencia bipartidista”. Es así que entre 1863 y 1886 hubo en Colombia más de cuarenta luchas locales y dos guerras de mayor envergadura: la de 1876 iniciada por los conservadores, y la de 1885 producida por los liberales radicales, quienes se oponían a las reformas que el presidente Rafael Núñez quiso introducir dentro del régimen constitucional del país.[4] La guerra de los “Supremos” fue otro triste episodio. Tal fue la autodenominación que se dieron los caudillos José María Obando y Salvador Córdoba. En tal refriega estuvieron involucradas la Iglesia Católica y las fuerzas armadas. Aquí también el derramamiento de sangre fue notorio.[5]

E. Yunis ahonda en esta triste coyuntura colombiana y sus consecuencias hasta el día de hoy al decirnos:

Los comienzos del nuevo siglo nos muestran un país fragmentado, una patria —para utilizar el lenguaje de algunos—, con muchas separaciones, con segmentos de diferente color, con una regionalización que, si antes era muy del orden natural y geográfico, afianzado luego por las endogamias culturales, ahora se convierte en imposiciones de otro tipo, con aislamientos obligados que se agregan a las características geográficas, que las aprovechan después del abandono al que han estado expuestas. Los sociólogos, politólogos y otros expertos tienen la palabra para hablar del Estado-nación, construcción en la que se ha fracasado; podrían decirnos también si con una fragmentación tal, y con tan notorios desequilibrios regionales, se puede construir un Estado moderno.[6]

Durante el siglo XX la lucha entre liberales y conservadores continuó hasta el famoso frente nacional. Debido a la violencia política desatada el 9 de abril de 1948 con el magnicidio del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, los liberales durante el gobierno de Laureano Gómez, para defenderse de los atropellos de los conservadores crearon las guerrillas liberales de los Llanos Orientales.[7] Hacia la década de los años 20 hubo otros tipos de revueltas sociales como fue (a) la marcha de los indígenas comandadas por Manuel Quintín Lame, (b) la agitación de los estudiantes, de trabajadores del Estado y la clase obrera. Todo esto vino a suceder durante el tiempo en que mandaron los conservadores. Las luchas partidistas dieron lugar a los partidos de izquierda y movimientos obreros como la Confederación Obrera Nacional de 1925, el Partido Socialista Revolucionario en 1926, el Comité de Unidad y Acción Proletaria, en 1928. También tenemos que por estos tiempos se produjo la conocida masacre de las bananeras. La empresa norteamericana United Fruit Company[8] explotaba el banano en la población de Ciénaga, Departamento del Magdalena. Durante el gobierno de Miguel Abadía Méndez (1867-1947) el 6 de diciembre de 1928, más de mil trabajadores de dicha compañía fueron masacrados en la plaza principal de Ciénaga en medio de la huelga pese a tener el apoyo de la alcaldía, e incluso se dice, de algunos funcionarios norteamericanos. La orden de disparar la dio el propio presidente de la República al General del ejército Cortés Vargas. La inconformidad de dichos trabajadores tenía que ver con los bajos salarios y la explotación inhumana que llevaba a cabo la compañía en asocio con el Estado colombiano y sus fuerzas. Por aquellos días se decía que con su silencio, la Iglesia Católica se hacía cómplice.[9]

Luego vino una época de tensa calma o paz fingida durante la llamada República Liberal. Gobernaron al país, Enrique Olaya Herrera (1930-1934), Alfonso López Pumarejo (1934-1938, 1942-1945), Eduardo Santos (1938-1942) y Alberto Lleras Camargo (1945-1946), ascendió al poder cuando López Pumarejo renunció en su segundo periodo presidencial.

Vino luego la República Conservadora (1946-1953), que junto con los intereses hegemónicos de la Iglesia Católica desatan la violencia en todo el país. Y fue el 9 de abril de 1948 cuando la violencia se extendió por todo el territorio nacional, debido al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. En ese tiempo el presidente de la República era Mariano Ospina Pérez. Es por esta violencia política que surgieron las llamadas guerrillas liberales en los Llanos Orientales. Pero estas, se extendieron por todo el país. La República Conservadora termina con el “golpe de opinión del general Gustavo Rojas Pinilla, quien asume el poder el 13 de Junio de 1953.[10]

Hacia el año 1957 se hizo el pacto del denominado Frente Nacional, cuyo primer presidente fue Alberto Lleras Camargo (1958-1962), terminando con Misael Pastrana Borrero por la sospecha de que Pastrana fue elegido de forma fraudulenta. Por este incidente, nace en el año de 1972 el grupo guerrillero M-19. Y así, hasta el día de hoy, nuestro actual presidente Juan Manuel Santos ha atendido un pedido de la guerrilla de sentarse a la mesa para tratar de negociar la paz.[11]

Mucha sangre ha corrido como ríos en este país. Los gobernantes y líderes políticos y religiosos, siendo fieles al esquema autoritario-autoritarismo heredado de España han construido este país con base en la crueldad, la injusticia y mucha sangre. Aquí podemos recordar las palabras del profeta Habacuc: “¡Ay del que edifica la ciudad con sangre, y del que funda una ciudad con iniquidad!” (Habacuc 2:12). Del mismo modo tenemos que reafirmar con el libro del Génesis: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (4:10). ¡El juicio de Dios y la hora de entregar cuentas nos aguarda a todos!


II. Los hombres “no nacemos iguales”

La razón significativa que da vida al autoritarismo como un estilo de vida para gobernar y una concepción aceptada por la gran mayoría de dirigentes y políticos colombianos —de élite o no—, consiste en creer que “los hombres no nacemos iguales”. Pero, esta expresión, en el contexto colombiano y latino solamente significa que en la vida unos nacen en condiciones que los ubican abajo y a otros arriba de la pirámide social estratificada. Para decirlo en una forma coloquial bastante colombiana es que, “unos son de buenas y otros son de malas”, “unos nacen con estrellas y otros nacen estrellados”, aludiendo a la desigualdad socioeconómica. Igual existe el concepto de que la posición social y las riquezas se tienen por merecimiento, las cuales se atesoran como el valor más sublime de la vida. Pero nunca se ha aprendido que “Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes retienen más de lo que es justo, pero vienen a pobreza” (Proverbios 11:24). Lo anterior es la forma tradicional de razonar. Se trata de una deformidad psicológica, socio-cultural y religiosa que envuelve a casi toda América Latina.

Pero, al decir que “no nacemos iguales”, en otros contextos culturales y desde la perspectiva bíblica significa que no todos tenemos las mismas habilidades, dones o talentos, capacidad intelectual o laboral. Y en esto es lógico que no nacemos iguales tanto por composición genética como cultural. Sin embargo, todos sí somos iguales ante la ley y los llamados Derechos Humanos por ser creados igual a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26). Desde un enfoque bíblico y cristiano también significa que el fuerte debe apoyar al más débil, protegerlo y no enseñorearse de él.

En el contexto colombiano y latino (y por supuesto en muchas otras naciones del mundo) no se considera para nada el hecho de la “igualdad en oportunidades” para el más débil, de ahí que tampoco se tenga en cuenta la dignidad y derechos de los pobres o más frágiles. No se puede dudar que se trate de una tendencia heredada de aquella vieja España y que nos fuera trasplantada aquí según el “modelo autoritario” de aquella antigua sociedad de los siglos XV y XVI. Y de igual forma, el catolicismo basado en la tradición medieval romana más no en la Biblia, fuente escritural del verdadero cristianismo, amputó por lógica la ética y la moral de la religión en la vida del Nuevo Mundo.

El divorcio entre la fe y la ética-moral. El divorcio entre la fe y la conducta ética y moral ha sido uno de los grandes males conque creció el pueblo colombiano y latinoamericano, los cuales impidieron la construcción de una nación proverbialmente más justa y equitativa en su esquema socio-político. En Colombia “se nace católico romano por tradición” pero “no se hace cristiano por convicción”. Desde que se nace, la Iglesia nos inculca la fe “implícita”, una fe que nada sabe ni entiende de las riquezas que Dios ha revelado en su Palabra; es decir, que el católico “adora” a Dios en medio de la ignorancia. Lo contrario es la fe “explícita” lo cual significa la explicación inteligente del texto bíblico para guiar la vida y la conducta bajo la íntima comunión con Dios. Hubiera sido mejor para este pueblo si los primeros misioneros católicos hubiesen trasplantado la enseñanza escritural del Antiguo Testamento. El problema es que muchos de ellos no conocían en la experiencia del nuevo nacimiento (Juan 3:3-5) al Dios vivo y eterno que se nos ha revelado en la persona de su Hijo Jesucristo. Veamos como ejemplo cómo Dios mismo inculca al pueblo de Israel el aprendizaje teórico-práctico de la auténtica vida espiritual y religiosa: “Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales en vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes” (Deuteronomio 11:18,19). Y en otro lugar dice: “Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas” (Deut. 30:14, cf. Romanos 10:8). Y en lo tocante a si hemos nacido en buena posición socio-económica o si hemos llegado a las instancias del poder político, o si hemos prosperado por esfuerzo y meritocracia propia, las Escrituras también tienen un claro mensaje. Dan a entender que todo ordenamiento político, económico, social y cultural necesita tomar en cuenta a los débiles o pobres integrándolos a los procesos de la educación y la justicia, el desarrollo económico y la vida cultural, porque al no hacerlo, con el correr del tiempo, la historia de esa nación se escribirá con sangre. De ahí el consejo divino tantas veces repetido en la Biblia:

“Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que necesite” (Dt. 15:7,8).

“El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor; más el que tiene misericordia del pobre, lo honra” (Prov. 14:31).

“El que cierra su oído al clamor del pobre, También él clamará, y no será oído” (Prov. 21:13).

En el Nuevo Mundo los líderes políticos —hasta el día de hoy—, aprendieron de sus predecesores imperiales a mantener la unidad nacional por medio del autoritarismo, la represión y el despotismo contra los más débiles, contra la mayoría pobre y desprotegida. Ha sido esta la forma de enfrentar los problemas políticos y administrativos del Estado cuando el pueblo se levanta para pedir justicia y acciones conforme al derecho. De ahí las grandes insurrecciones, sediciones e inconformismos sociales hasta llegar al gran lastre de los grupos guerrilleros que en mi país han sido numerosos. No obstante, aquí no podemos tapar el sol con un dedo. El Estado y Congreso de todos los tiempos, los propios gobiernos, los gremios empresariales y los propios Medios Masivos de Comunicación al servicio de un Estado por lo general injusto, han sido —y continúan siendo— los que dieron vida a todo este desorden institucional y social lamentable.[12] Ya estudiamos que se trata de una evidencia en la historia de nuestro país. Del mismo modo, esta es la razón por la cual desde los comienzos de la República los viejos esquemas ibéricos instauraron las grandes diferencias de clases sociales. Aquellos están representados bajo un enfoque socio-cultural y psicológico bajo la forma de “patrón-peón”, “señor-sirviente”, “señora-sirvienta”, “sacerdote-sacristán”.

Del mismo modo, el desprecio de los afro-descendientes, de los indígenas y la lucha instaurada entre el mestizaje y la raza blanca con prevalencia general en lo socio-económico y socio-político también dio origen a las grandes desigualdades socio-económicas y socio-culturales. Todo obedece en el fondo al engrandecimiento propio como una clase de idolatría religiosa, —en este caso de los que ostentan el poder y tienen el control de los medios deproducción—, el cual es la base de casi toda la miseria que hay en el mundo; esta es la razón por la cual los ricos y poderosos son indiferentes ante el sufrimiento de los pobres, de los más desvalidos. Podría pensarse que los que viven en condiciones de desventaja económica se debe a su falta de autorrealización personal, pero debemos reconocer que no todos tenemos las mismas capacidades. Hay casos excepcionales que nada tienen que ver con la pereza o la holgazanería. Sin embargo, hay que reconocer que estas son actitudes y condiciones irresponsables que en realidad son fuente de miseria y pobreza para cualquier ser humano. Por su parte, Timothy Keller señala algunas consideraciones que generan pobreza y que no son producto de la negligencia: Una causa es la “opresión” o la injusticia (Éx. 22:21-27; Sal. 82:1-8; Prov. 14:31). Un ejemplo de opresión incluye el demorar la paga o salario (Dt. 24:15); pagar salarios bajos (Ef. 6:8,9), cuando los sistemas de gobierno y cortes está a favor de los poderosos y acaudalados (Lev. 19:15); los préstamos con altas tasas de interés (Éx- 22:25-27). Una segunda causa de pobreza señalada por Timothy Keller son las calamidades o desastres naturales, los nacimientos congénitos o defectuosos, la victimización por criminales, diluvios, inundaciones e incendios. El programa trazado por José en Egipto ayudó a que el país no padeciera hambre (Gén. 47). Dios mismo diseñó un plan para que no hubiera pobreza en Israel (Lev. 25:25,39, 47. En tercer lugar, puede sobrevenir la pobreza debido al pecado personal. La pereza y holgazanería son pecado (Prov. 6:6-7), problemas económicos por falta de autodisciplina (23:21), o por gustos y lujos excesivos (21:17).[13]

Nuestra estratificación es parecida a las clases sociales de la India. En el fondo, y aunque en otras condiciones, nuestra sociedad se parece en algún sentido a la conformación social de castas en la India. En India un pobre no puede aspirar a salir de su condición social y física durante toda su vida. Hacerlo es enfrentar la ira de los poderosos de las altas castas o arriesgarse a ir a la cárcel. No tenemos este mismo sistema aquí, es cierto, pero tenemos algo parecido con nuestra estratificación. Lo es por cuanto nuestro modelo de sistema socio-político, económico, judicial y religioso, férreamente estratificados y jerárquicos, impide radicalmente a quienes están en la base de la pirámide escalarla. Las leyes injustas, el torcimiento del derecho y el aprovecharse de los más necesitados son pecados que Dios condena. La divina sentencia aclara: “Se destruyó, cayó la tierra; enfermó, cayó el mundo; enfermaron los altos pueblos de la tierra. Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno. Por esta causa la maldición consumió la tierra…” (Isaías 24:4-6).

Y respecto al ascenso social, Emilio Yunis dice que el tal ha estado ligado siempre a criterios de raza primero, historia familiar y social, éxito económico y, por lo menos, en periodos de nuestra historia, al seguimiento de normas que permitían “estrechar los lazos de sangre” con la institución del matrimonio católico que fue utilizado como arma de discriminación, lo que lo llevó a estimular la bastardía.[14]
Dicho ascenso social o “blanqueamiento” —como también lo llama Yunis—puede sobrevenir mediante esfuerzos especiales los cuales la inmensa mayoría no tiene las oportunidades requeridas. Por un lado, la conformación y malas costumbres que se adquieren desde el seno de la familia, y por otro lado, el propio sistema social lo hace casi imposible, pues el control autoritario y jerárquico que se da dentro de las instituciones u órdenes establecidos, tornan al Estado y a la sociedad misma en entes históricamente retrógrados.[15]

En la historia de Colombia sobresale la vida de Marco Fidel Suárez (1855-1927), hijo de una lavandera, hombre de origen humilde y en cuya infancia vivió instantes de penurias. Pero como hombre de grandes iniciativas y férrea voluntad llegó a ser presidente de Colombia (entre 1918-1921).[16] Él fue alguien que estuvo en la parte baja de nuestra estratificación social, pero logró ascender a la cima de la pirámide. Pagó un alto precio, a través del permanente desprecio y odio de las élites políticas establecidas en el Congreso y en casi todo el territorio nacional de aquellos días. En el terreno político pocos lo han hecho.

Un giro hacia los Derechos Humanos. Ahora bien, si nos ubicamos correctamente, todo lo que hemos tratado hasta aquí, tiene que ver en el fondo con el tema de los “Derechos Humanos”. Este es un tópico en el cual nuestra nación colombiana ha sido objeto de grandes controversias y de grandes divisiones político-sociales y cuestionamientos a nivel mundial. Y, debido a que este ha sido un tema que no se quiere debatir a fondo, es un tabú, es una fuente de grandes injusticias de parte de las clases dominantes. Veámoslos desde una perspectiva que con seguridad la sociedad colombiana no está acostumbrada a estudiarlos.

III. Los “Derechos Humanos” vistos desde la perspectiva bíblica

El profundo dolor que trajo la Segunda Guerra Mundial hizo reflexionar a los hombres una vez más. La Declaración Universal de los Derechos Humanos proferidos desde la Organización de Naciones Unidas (ONU, 1948) fue el llanto desgarrador que llamaba a la humanidad de nuevo al orden, a la solidaridad, al amor entre los hombres y al marco de la verdadera justicia social y personal. Pero, aunque no lo dijeron, Dios era necesario una vez más.[17] Aun cuando la Declaración Universal de los Derechos Humanos no fue estructurada sobre una base religiosa y teológica, sin embargo, es posible detectar la influencia cristiana en sus redactores, pues es posible notar un sentido teológico-antopológico en sentido bíblico. El hecho es que se trata de toda la verdad porque al hablar de “derechos humanos” se estaba tocando con la “dignidad humana” por ser creada a imagen de Dios, la esencia misma de la naturaleza humana. Leamos el Artículo 1º de la mencionada Declaración:
“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Si bien, tales declaraciones no tienen efectos jurídicos que obligue a los Estados, se trata de lineamientos morales, que son formulados como “el ideal” a ser alcanzado por todos los pueblos y naciones” (preámbulo), pero no de normas vinculantes de derecho supranacional. Pero, aun así, sólo por el hecho de ser un hombre, un ser con rostro humano, Estados y gobiernos están llamados a tener esto en cuenta y hacer de sus gobernados objetos de honor, amor y justicia por medio de las leyes y el buen gobierno. Recordemos que esta Declaración Universal de los Derechos Humanos fue dada como un modelo para que los Estados miembros trataran de organizar mejor la vida social de sus respectivos países a fin de superar la miseria y el dolor que puede producir la injusticia social e individual de unos seres humanos contra otros hasta generar las indeseables guerras civiles o regulares.

Pero, desde aquellos tiempos, los gobernantes de Colombia, a lo largo y ancho de la geografía nacional, han venido desoyendo ésta clara voz de la gracia común de Dios. Pues sus dirigentes y gobiernos de turno continúan cerrando sus oídos al clamor del pobre, de los huérfanos y viudas de la nación. Un ejemplo de la indiferencia hacia el progreso social puede ser la llamada “calle del cartucho” en la ciudad de Bogotá. Esta calle, fue así nombrada por ser el lugar más sucio y peligroso de la ciudad. Era el hogar de los parias, de los marginados, de los ladrones, las prostitutas, lugar donde se expendía toda clase de drogas y gran nido de delincuencia. Existió durante muchos años a solo seiscientos metros del Palacio de Nariño, sede y casa de gobierno de los presidentes de la República. Ningún alcalde de la ciudad hasta entonces, pero tampoco un presidente siquiera, se inmutó para resocializar, o ayudar, o por lo menos trasplantar dicho sitio a otro lugar, a fin de que a ojos del extranjero y del resto del colectivo humano de la ciudad no fuera un horrible y feo testimonio de la indolencia humana, política y social de los gobernantes colombianos.

No obstante, los diarios –como hasta el día de hoy—nos informan acerca de los grandes desfalcos o robos al Estado de parte de los propios padres de la patria o funcionarios de las empresas estatales. La rapacidad de los dineros públicos es lo que más ha caracterizado a quienes ostentan el poder. Esta corrupción moral es la principal fuente de atraso, marginación y subdesarrollo de la nación.[18] Los temas de la justicia social y de Derechos Humanos tal como reza la declaración de la ONU, han sido más bien para nuestros políticos y dirigentes “temas de relleno” dentro de los discursos y pláticas acomodaticias para la politiquería y el engaño de la población. En una situación parecida y desde un remoto pasado histórico, recordemos aquí las palabras del profeta Miqueas (siglo VIII a. C.), que para evitar el juicio les transmitía lo que Dios pedía a su pueblo: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8).

¿Cuál es la base de los Derechos Humanos?

Regresando a nuestro argumento central, debemos formular aquí una pregunta: ¿cuál es la base sustancial para que hombres, mujeres y niños tengan derechos humanos? Se han dado muchas respuestas filosóficas a través del tiempo. Pero no puede existir razón fundamental mejor que creer en la enseñanza bíblica de que, todo ser humano, al ser “creado a imagen y semejanza de Dios”, intrínsecamente posee una dignidad tal que debe respetarse y estimularse siempre. Por lo tanto, todo ser humano merece respeto, trato justo y honorable. Ya desde el comienzo de la vida humana en Mesopotamia, el respeto de la imagen de Dios en el hombre, se hace sentir de parte del mismo Creador cuando invita a los gobiernos legítimamente establecidos a que castiguen magistralmente los delitos atroces de sangre que se cometen con alevosía y premeditación. “El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Génesis 9:11).
Ahora bien, desde otro ángulo de vista, podemos ver que fue la obra conjunta del ateísmo, evolucionismo, positivismo científico y secularismo dentro de los países protestantes de Europa y con repercusión mundial que lograron extraer de la mente de las nuevas generaciones esta cara doctrina tan cierta y sagrada. Desde que el humanismo comenzó a negar esta verdadera enseñanza los males y sufrimientos de la humanidad se aumentaron. Las anteriores dos guerras mundiales y las anarquías suscitadas junto a las grandes revoluciones sociales del espíritu, políticas e ideológicas, son las consecuencias directas de este atrevimiento. Sobre este tema Benjamin Constant, pensador cristiano del siglo XIX, ha dicho con razón que desde la eliminación de esta profunda idea el hombre ha pasado por dos etapas: “de la divinidad a la humanidad, y de la humanidad a la bestialidad”.[19]

Como no aprendemos sino por medio del dolor, Colombia también continúa sufriendo por el hecho de que sus dirigentes y gobernantes de turno no han querido tomar en serio el caro consejo y la necesidad de legislar y gobernar en justicia y verdad a favor del hombre. El problema básico de todas las naciones es gobernar para las élites económicas y los propios intereses personales o grupales del gobernante. Razón tenía el profeta Isaías cuando al ver la idolatría, maldad y grave injusticia de sus reyes y sacerdotes dentro del establecimiento político y religioso exclamó así ante el inminente juicio de Dios: “…porque luego que hay juicios tuyos en la tierra, los moradores del mundo aprenden justicia. Se mostrará piedad al malvado, y no aprenderá justicia; en tierra de rectitud hará iniquidad, y no mirará a la majestad de Jehová” (Isaías 26:9,10). Pero en nuestro contexto socio-cultural parece que ni el dolor nos enseña a cambiar, porque continuamente se entierran soldados, policías y decenas de ciudadanos y campesinos que mueren a manos de los violentos. En fin…

Human Right Watch. Siempre me he preguntado por qué los gobiernos y el ejército nacional se rasgan las vestiduras cuando anualmente Human Right Watch nos descalifica. Tristemente, Colombia continúa en los primeros lugares de naciones que más violan los DD.HH. en el concierto latinoamericano. De esta postración no hemos logrado levantarnos porque la conformación de nuestro Estado y gobiernos han sido abiertamente autoritarios y recalcitrantes en su injustica y violación de los derechos de la población. Cuando no son las fuerzas del Estado, es la guerrilla; y cuando no es la guerrilla, son los paramilitares, y cuando no son los paras, son los narcotraficantes que cobran a sus víctimas los caros errores de la deslealtad y la perfidia. Esta dialéctica política y social ha generado total impunidad y corrupción porque el propio Estado, con frecuencia, se ha visto envuelto en complicidad con los grupos paramilitares que están al margen de la ley. De ahí que entonces, hoy se debata en el Congreso de la República la “Ley de Víctimas y Restitución de Tierras” (Dic. 2012). Se trata de un claro testimonio de lo que aquí venimos diciendo. La impunidad es sumamente grave en nuestra nación. Sobre esta coyuntura, de gran utilidad es la voz de Dios por medio de los antiguos profetas hebreos para enderezar los Derechos Humanos en nuestro País. “Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo” (Amós 5:24). Y las palabras de Rousas John Rushdoony, teólogo cristiano-evangélico de Estados Unidos, tocante a este importante punto nos haga reflexionar cuando escribió: “El Estado que cesa de ser el terror para los malhechores y se convierte en un terror para los piadosos está cometiendo suicidio”.[20]


[1] Historia del Cristianismo en América Latina, (Bs. Aires: Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1992), p. 277.  
[2]De ahí que entonces se hable de Uribismo o Santismo, para hacer referencia al presidente Álvaro Uribe y ahora al actual presidente Juan Manuel Santos. Históricamente así ha sido en América Latina por tradición. Estúdiese a México, Argentina, Venezuela o Perú. Por doquier, el pueblo se identifica con el nombre de un hombre el cual idolatra y hasta da la vida por él. En el caso colombiano, la expresión favorita del asesinado Jorge Eliécer Gaitán era: “yo no soy un hombre, yo soy un pueblo”, refleja con claridad lo que aquí estamos considerando. El latinoamericano es “ciego” y “furibundo” por sus caudillos a la hora de dar su voto y apoyo político. Démonos cuenta que no pasa así en el mundo anglo-sajón. Allí el asunto socio-político es diferente. La orientación es sobre el partido y su programa o una ideología o tendencia socio-política.   

[3] Se podría pensar que ha habido progreso. Y estimo que sí, no se puede negar. Pero no en la forma y en el potencial que tiene Colombia. En la era del neo-liberalismo progresan las empresas, las industrias de unos pocos, pero no la nación, el pueblo, el país como tales. La pobreza en todas sus acepciones sigue igual o peor. El verdadero progreso socio-económico de una nación se mide por la disminución de la desigualdad o inequidad social a nivel de pueblos, villas y campos. De igual modo por el desarrollo de la infraestructura vial que potencia un mejor comercio y transporte seguro y eficiente.  
[4] Para este tema y sección me he basado en las obras de Ciencias Sociales Integradas, Legado 8 (Bogotá: Editorial Voluntad, 1997), pp. 210-242. Igualmente en la obra de Fernando Abilio Mosquera Brand, Cristianismo, Justicia y Paz, (Barcelona: Editorial Clie, 2004) pp. 147-157.  
[5] Ibid. Ciencias Sociales Integradas, p. 230.  
[6] Emilio Yunis Turbay, ¿Por qué Somos Así? (Bogotá: Editorial Temis, 2004), pp. 11,12.  
[7] Ibid. Mosquera Brand, p. 150.  
[8] Poco tiempo después de la masacre, la United Fruit Company “cambio” su nombre en Colombia por Compañía Frutera de Sevilla, y más tarde a Chiquita Brands. La trasnacional estadounidense Chiquita Brands hasta el día de hoy continuó recibiendo apoyo del Estado y gobiernos de Colombia a pesar de tan grave error histórico. Hoy tiene un pleito jurídico en los propios Estados Unidos por sus crímenes en Colombia al ser cómplice de masacres de campesinos financiando y dirigiendo grupos de paramilitares en la zona bananera de Urabá y Magdalena. También se habla de vinculación del ex presidente Álvaro Uribe Vélez a este proceso por recibir dineros cuando fue gobernador de Antioquia. Ver http://www.lasillavacia.com/historia/lo-que-prueban-los-memorandos-de-chiquita-brands-23173
http://www.colectivodeabogados.org/LA-IMPUNIDAD-DE-CHIQUITA-BRANDS
Esta multinacional norteamericana tiene una macabra historia de invasión, muerte y destrucción en buena parte de América Latina y el Caribe, basta con solo recordar el financiamiento y dirección a los Contras (paramilitares) en Nicaragua.  
[9] www.acantioquia.org  
[10]Mosquera Brand., ibid., pp. 150-151.   
[11] Este proceso de paz que se sigue desarrollando en la Habana, Cuba, (enero 28 de 2016) ha resultado todo un desastre para la nación y el pueblo colombiano. Las concesiones otorgadas a la guerrilla de las FARC-EP por parte del gobierno de Juan Manuel Santos van a dar como resultado que el remedio sea peor que la enfermedad.  
[12] En el presente, con el cambio generacional y todos los gajes de la llamada postmodernidad, hoy, Colombia, (así como la mayoría de naciones latinoamericanas) experimenta como nunca antes un mar de desórdenes ético-sociales. La razones centrales son: (2) La destrucción del núcleo matrimonial y familiar que ha estado bajo ataques desde los mismos flancos del Estado, los gobiernos y el Congreso, los cuales han legislado para acabar con esta institución divina. (2) La educación y psicología “modernas” instigaron en la conciencia de las gentes la idea de cambio del modelo educativo de crianza autoritaria a una permisiva. No hay duda que esta es una de las causas de la enorme y grave destrucción social de los jóvenes, que al crecer sin la orientación y el amor paterno y responsable de un buen padre-líder ha producido el pandillaje, la delincuencia organizada, el matoneo, el fortalecimiento de los grupos guerrilleros y del paramilitarismo, así como la deshonestidad rampante en ascenso. (3) El acogimiento de la homosexualidad y sus “derechos civiles”, como si la conducta gay fuera normal, traerá peores males a estas empobrecidas naciones latinoamericanas. El tiempo y la historia se encargará de decirnos la verdad y de enseñarnos de nuevo grandes lecciones por medio del dolor.  
[13]Timothy Keller, Theonomy, A Reformed Critique (Grand Rapids, MI. Estados Unidos: Zondervan, 1990), pp. 264-265.   
[14] Emilio Yunis, ¿Por qué Somos Así? (Bogotá: Editorial Temis, 2004), pp. 77-78. La Iglesia Católica Romana, durante décadas, estigmatizó con furia a la Iglesia Evangélica en cuanto a la validez de sus matrimonios y el derecho a enterrar a sus muertos en los cementerios gobernados por la Iglesia de Roma. Todo esto, fue por muchos años una violación flagrante de los Derechos Humanos. Y todo con complicidad del Estado obviamente.  
[15] Hasta este tiempo –año 2012— en círculos latinos y propiamente nacionales, se nos muestra como el segundo país de América Latina, después de Haití, como el país más desigual en su composición socio-económica y desarrollo en general. ¡Qué triste! Porque tenemos muchas posibilidades de progresos.  
[16] http://biosiglos1.blogspot.com/2009/02/marco-fidel-suarez-biografia.html  
[17] Los hombres buscamos a Dios sólo cuando el mundo a nuestro derredor se está hundiendo. Somos como aquellos pasajeros del trasatlántico Titanic cuya escala de valores cambió de repente al ser confrontados con la muerte: ya no querían diamantes y costosas joyas que rodaban de un lado a otro por el averiado suelo del barco, sino una naranja que recoger para comer, a la par que por el desespero saltaban para abordar los pequeños y vulnerables botes salvavidas.  
[18] El llamado “Carrusel de la Contratación” que tiene como principal implicado político al anterior alcalde de Bogotá, Samuel Moreno Rojas y a sus más inmediatos allegados, es un sórdido ejemplo de este punto. El Carrusel es el nombre que se le ha dado al más grande desfalco o robo de las arcas del Distrito Capital a manos de políticos y contratistas dedicados a estafar al Estado. Este sonado caso estalló en el año 2010. Hasta hoy (2012) no ha logrado saberse toda la verdad de cuántos fueron los responsables de este gran robo a la ciudad. Ahora que vuelvo a ocuparme de este ensayo, pues lo había abandonado hacía cuatro años, el presidente Juan Manuel Santos, desoyendo el clamor del pueblo colombiano vendió una grande y poderosa electrificadora con todo y represa conocida como ISAGÉN. Lo hizo para fortalecerse en el poder y tener dinero para el llamado “postconflicto” (enero 30 de 2016).  
[19]Op. cit. por Emile Brunner en Christianity and Civilization (New York: Charles Scribner´s Sons, 1948), p. 3.   
[20]Rousas John Rushdoony, Institutes of Biblical Law, (Phillipsburg, NJ, USA: P&R, 1973), p. 62.